Una década triste

León Valencia
Tomado de EL COLOMBIANO.COM

Leon Valencia
Tuve la mayor ilusión con el inicio de un nuevo milenio. Desde niño pensaba que sería un enorme privilegio pasar de un milenio a otro. Seguramente en mi memoria resonaban ecos de los mitos religiosos que atribuyen grandes rupturas a los cambios del tiempo.

Había nacido en la mitad de los años cincuenta y dudaba que pudiera llegar al último día del siglo XX. Después, con el paso de los años, empecé a acariciar el sueño de estrenar el siglo XXI. Fue entonces cuando imaginé que el amanecer de la nueva época transformaría mi vida y la de mis contemporáneos.

Los signos de los primeros días del siglo alentaron aún más mi espíritu. La revolución de las comunicaciones y la cara sonriente que mostraba la economía mundial y nacional después de una dura crisis hacían pensar en años de prosperidad.

La caída del muro de Berlín había derrumbado la aguda polarización entre el comunismo y el capitalismo. La agenda de derechos humanos saltaba al primer lugar en el mundo. Las guerras persistían, pero parecían tragedias marginales en un ambiente general que alentaban el pacifismo y la solución negociada de los conflictos.

En Colombia estaban en pleno desarrollo las negociaciones de paz con las Farc y desde la mesa de conversaciones se estaba presionando también la búsqueda de un camino para desmontar a los paramilitares que habían arreciado su ofensiva sobre la población y puesto en marcha una sofisticada operación para hacerse al poder local e influir decisivamente en el poder nacional.

Tenía fundados motivos para el optimismo. Pero muy pronto los signos empezaron a variar de manera radical. Vino el ataque a las torres gemelas y otra vez las relaciones internacionales quedaron cruzadas por la enemistad entre dos grandes fuerzas mundiales: los poderosos países de Occidente y el fundamentalismo musulmán.

De ahí surgió la teoría de la guerra preventiva y la idea de que la agenda antiterrorista prevalecía sobre la agenda de derechos humanos y de soberanía. De ahí se desprendieron invasiones y guerras feroces en Irak, Afganistán, Líbano. También los ataques terroristas en el corazón de Europa.

Acá en nuestra tierra se rompieron las negociaciones de paz con la guerrilla y llegó el gobierno del presidente Uribe que muy pronto compró la estrategia de la guerra preventiva. La guerrilla en vez de enfrentar la nueva realidad con una propuesta audaz de reconciliación se lanzó al abismo de la confrontación y la degradación haciendo del secuestro su principal arma de agresión al Estado y a la sociedad.

La apuesta se invirtió. La década se convirtió en el tiempo en que se intentaría negociar y legalizar a los paramilitares y destruir y acabar a la guerrilla. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido. Pero en los campos y en las ciudades colombianas ha reinado la muerte.

La expansión económica resultó un juego de luces, un artificio. Las desmesuradas cifras de dinero que movían los bancos eran especulación pura con muy poco sustento en el aparato productivo. Fue así en la principal economía del mundo y fue así en Colombia. Pero acá con el abultado ingrediente de las captaciones ilegales a través de las llamadas pirámides financieras. La desigualdad social y el desempleo galopan en un mundo de opulencias y derroches de unos cuantos.

Se fue una década triste y la que empieza no tiene señales tan buenas como la anterior. Sólo la esperanza de que el presidente Obama logre cambiar el signo de los tiempos y responda a las expectativas que generó y que condujeron a que le concedieran el Premio Nobel de Paz.

Mis sueños son ahora más pobres. Pero puede ocurrir que en la década que se abre suceda un milagro. Puede pasar que con menos signos de cambio al principio lleguemos a enero de 2020 con un mundo diferente. Siempre es bueno darle un margen a la esperanza, sólo así hacemos más llevaderos los años.

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