COMPROMISO, NO OBLIGACIÓN
JULIÁN MEJÍA BOTERO
Para explicarle a un niño qué es la democracia se le puede decir: democracia es el gobierno del pueblo expresado en el derecho de las mayorías a gobernar. Y se puede ir más allá: en ella las decisiones se toman por mayoría y se acatan por unanimidad.
Esa comprensión restringida de la democracia es producto de tantos años de sumisión y exclusión económica, sociocultural y política, vividos desde la colonia. Somos producto de una cultura sumisa, temerosa, dependiente; formada para necesitar de la mano dura, porque no se sabe manejar sola; formada para necesitar líderes que la dirijan y protejan, independiente de lo que tenga que pagar por ello (se le llama cultura mafiosa).
Según esa visión necesitamos que nos digan lo que debemos creer, saber y hacer, porque no hemos madurado. Y, entonces, aparecen los capos, los dirigentes, los que pueden hacer lo que nosotros no podemos: manejarnos. Y renunciamos a la democracia.
Retomando a Bobbio (filósofo y politólogo italiano) se sabe que democratizar la sociedad pasa por democratizar el Estado, por lo que es necesario democratizar los partidos políticos y la vida cotidiana para compensar la visión individualista y cosificada del ser humano, y su exclusión de las esferas de la autonomía, la iniciativa, la libertad y la toma de decisiones, por considerarlo dependiente e inmaduro.
No es “formar hombres nuevos para una sociedad ideal”; se trata de desarrollarnos, individual y socialmente, al interior de nuestras propias comunidades y sociedades, sin que ello signifique deshumanización o masificación; por el contrario se desean sociedades que permitan, estimulen y exijan a sus integrantes que sean personas y que sepan convivir en la diferencia. El reto son las alternativas al unanimismo, a la obediencia debida y al conformismo que, acompañados de la polarización violenta, generan pesimismo frente a la viabilidad de la democracia como forma de vida.
Con el concepto no restrictivo de democracia, es decir cuando la entendemos como una forma de vida, llegamos a una versión más compleja que aquella ingenua donde la democracia se agota en un procedimiento para tomar decisiones (votos, mayorías, decisiones, imposiciones…). Se trata de formas constructivas, propositivas y pacifistas de tramitar tensiones en la convivencia, no de una subordinación a jerarquías o a mayorías.
La pregunta que subyace a este análisis es: ¿qué sociedad somos si nuestros padres y nosotros mismos, nuestros maestros (y todos lo somos), nuestros políticos (y lo somos por naturaleza) somos producto de un proceso de formación (o de deformación) en el que no nos hemos preguntado qué es, en realidad, la democracia?
La responsabilidad para recuperar los atributos de ser persona, para poder ser ciudadano, recae en los partidos políticos alternativos. Son más responsables incluso que la familia y la escuela, no tengo duda.
La familia y la escuela, como todas las instituciones normalizadoras de la sociedad, replican el modelo impuesto desde las esferas del poder político. Los partidos tradicionales y de derecha están comprometidos con el mantenimiento del estado actual de las cosas. Sólo quedan los partidos alternativos y de izquierda, los que se precian de ser humanistas y por tanto libertarios.
Pero ¿qué modelo de sociedad se puede esperar de partidos que hacen de la participación una obligación, y de la libertad un motivo de sospecha? ¿Qué se puede esperar de partidos que se dicen democráticos y no ejercen, ni respetan, el derecho al disenso? ¿Qué esperar del Polo Democrático cuando los partidos que existen a su interior tienen que dar la orden de votar por un candidato presidencial en el que no creen?
Desde esta columna invito a los polistas que creyeron que la consulta del Polo era una definición sobre estilos de hacer política y modelos de sociedad (yo soy uno de ellos), para que seamos coherentes con los resultados. En política no se puede obligar a nadie a aceptar algo en lo que no cree. Eso no es democrático.
Como tampoco lo es apelar a la disciplina para exigir que se salga a la calle a promover como propio al candidato que en campaña debían (o tenían) que desacreditar.
Reclamo para ellos el derecho al disenso. No sé quién los obliga a hacer algo en lo que no creen, pero demando para ellos el derecho a “bajarse” de la campaña, como ya lo hizo públicamente Carlos Gaviria.
Parodiando a Voltaire diré que no comparto sus ideas -y ellos lo saben- pero estoy dispuesto a asumir su defensa por el derecho a retirarse (de la campaña o del Polo si así lo creen conveniente) antes que aceptar que los obliguen a asumir algo contrario a lo que han aprendido, creen y repiten en público.
La campaña “acordemos el futuro” es una invitación a asumir la democracia como una forma de vida, y para ellos la democracia es un mecanismo para tomar decisiones. No se les debe obligar a que adopten algo que no comprenden, no comparten o no encaja en su cosmovisión.
Sobre esa premisa, la de la libertad, los que decidamos apoyar la campaña “acordemos el futuro” lo haremos por convicción, no por obediencia o por temor al castigo. Lo asumiremos por identificación, no por resignación.
Eso permitirá que la campaña presidencial del Polo no sea estática, manejada desde un aparato, sino dinámica, orientada a transformar propuestas y realidades mediante diálogos cargados de ingenio y creatividad para leer y responder a realidades y sueños locales, regionales y nacionales.
Se sabe que esta visión es incierta pero la vida también lo es, y eso la hace apasionante y bella. La idea es que la política pueda volver a ser un ejercicio bonito, atractivo y deseable.
Frente a la campaña presidencial del Polo Democrático, con Gustavo Petro, quiero reforzar mi propuesta de que en ella estén primero los compromisos que las obligaciones; este es mi argumento estrella: el ejercicio del disenso es un derecho propio y un acto de amor con uno mismo. Será bueno, entonces, que los que se sienten obligados a hacer aquello en lo que no creen, aquellos que hoy están siendo mandados a promover lo que hace poco presentaban como el acabose del Polo, queden relevados de esa obligación.
Sinceramente yo los apoyaré en esa decisión, ¡seguro que sí!
JULIÁN MEJÍA BOTERO, Sicólogo, Trabajador Comunitario,
Integrante del Colectivo CONSTRUYENDO DEMOCRACIA Caldas










