‘Plomonía’

RAFAEL HERNANDO HENAO
Tomado de LA TARDE.COM

Durante un tiempo, en Pereira, se desató una guerra sin tregua entre narcotraficantes. Se eliminaron como producto de retaliaciones, venganzas y supremacías. Eran reconocibles por su vestimenta, sus alhajas, sus carros y sus propiedades. En el olvido quedaron su ordinariez y extravagancias.

Ellos, según los mitos y las leyendas de ciudad, hacían desocupar discotecas para su disfrute exclusivo, y poseían a las mejores mujeres. En otra época, fuimos campeones a nivel nacional en “limpieza social”. La “mano negra”, se encargó de ejecutar gamines, travestis, proxenetas y putas de portón. El exterminio de “desechables”, se detuvo ante la intervención del Cardenal Darío Castrillón Hoyos. Todavía cargamos el estigma, proveniente de la otrora zona de tolerancia, que convoca visitantes indeseables. Comenzaron a circular vehículos de alta gama y antes que el gobierno nacional, Pereira había promovido la “confianza inversionista”.
En cafetines, corrillos y tinteaderos, se comentaba que tal o cual negocio eran de perano o fulano. Todo el mundo sabía de los “duros”, menos las autoridades y los comerciantes. Sobrevino el auge de la construcción y el florecimiento comercial. Se hizo visible la prosperidad instantánea. Se consintieron maniobras para que la ciudad se transformara en lavandería. Mujeres tipo ley 30, se agregaron a la pasarela, con naricitas de reina, colas paradas y senos henchidos. Las cirugías estéticas, mostraron a tiempo el circulante.
En el torrente económico de ciudad, corrieron ríos de dinero mal habido. La ciudad se volvió hospedaje transitorio de diversos pillos, desplazados por la presión a carteles vecinos. Compraron propiedades y encarecieron el precio de la tierra, principalmente en una de nuestras afueras. Fue un honor y una bienaventuranza trabajar con los “duros”. Admirados y custodiados en las cabalgatas.
Aquí llegó la cultura del dinero fácil. El paraíso se reconoció en los atajos, para adquirir dinero. La falta de oportunidades y otros multifactores, han incrementado sucesivamente la violencia. Hoy nos sorprendemos, ante las consecuencias de la falta de autoridad, de control. Se remarca la situación, que es efecto de la complacencia.
El martes anterior en primera página, La Tarde tituló sobre la disminución de homicidios en Pereira, en comparación a junio del año pasado. La reducción es notable, pero no es la razón para echar las campanas al vuelo. Sin incurrir en fatalismos, el fenómeno tiene oleadas o ciclos. Las bandas organizadas, no matan a diario. Las disputas territoriales y las cuentas de cobro, tienen sus momentos. Es inevitable que desde allí no haya asesinatos. Sin embargo, e insisto, lo preocupante es que la población se encuentre inerme, frente al delito común.
Es alarmante que el centro sea peligroso. Es reprochable que se prohíba el porte de armas y con ellas se mate. Es decir, causa estupor que no existan sitios seguros, ni siquiera los centros comerciales.
No sabemos exactamente, qué porcentaje de homicidios se causan con armas amparadas o ilegales. Y es inconcebible que se adopte la medida de prohibición de porte, sin incrementar el control para hacer cumplir la decisión. En nuestra ciudad diariamente deberían haber requisas y retenes de inspección. Creo que a la ciudadanía, en general, le agrada observar a la fuerza pública accionando para persuadir al delincuente. Si suceden hechos violentos a toda hora y en cualquier lugar, es porque se puede. Tenemos herramientas humanas y tecnológicas para blindar, por lo menos, el centro. Analicémos las causas y establezcamos intervenciones permanentes. “Pereira lo tiene todo” y es hora de restarle a ese todo. La ciudad se construye participativamente, con sinceridad, honradez, autoridad y realismo.



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