¿Qué pensará la comunidad internacional?

Leon Valencia
León Valencia
Tomado de EL COLOMBIANO.COM

Es probable que el Gobierno le haga creer al país que el alto costo económico fue el motivo principal para hundir la ley de víctimas, pero le resultará muy difícil convencer a los organismos internacionales que habían seguido con atención la discusión del proyecto a lo largo de dos años.

El argumento es, claro está, muy efectista: el Estado deberá desembolsar ochenta mil billones de pesos y eso es la quiebra inmediata de las finanzas públicas. Nada de explicar que se trata de un conjunto de medidas de reparación que se deberán aplicar paso a paso en un largo proceso; nada de decir que muchas de las determinaciones hacen parte de obligaciones ya contraídas por el Estado con la población desplazada o con quienes han sufrido agresiones a su vida y a su integridad.

El argumento financiero no sólo ha sido falseado, sino que es utilizado para tapar la verdadera razón: en la conciliación de la ley se aceptó el texto del Senado que establecía igualdad de procedimientos en la reparación de todas las víctimas, ya lo fuesen por acciones de actores ilegales o por agentes del Estado. Esto y sólo esto fue lo que no quiso aceptar el Gobierno.

Al país que come cuento se le puede asustar con la debacle fiscal, pero a las Naciones Unidas no. La ONU había tomado cartas en el asunto y en comunicación directa al Gobierno le habían dicho que la propuesta de discriminar a las víctimas -obligando a quienes habían sido golpeadas por el Estado a recurrir a largos procesos donde tendrían que vencer judicialmente a sus agresores para poder obtener reparación- no se ajustaba a los estándares internacionales.

El Presidente se engaña si piensa que los funcionarios de los organismos internacionales no vieron la vergonzosa sesión de la Cámara de Representantes donde se aprobó el texto de discriminar a las víctimas sin siquiera leer el articulado del proyecto. Era tal el despropósito, que aún los senadores uribistas optaron por insistir en el texto del Senado y se arriesgaron a recibir la reprimenda del Gobierno.

El error de Colombia ante la comunidad internacional es más notorio si se piensa que pocas horas antes el relator especial para las ejecuciones extrajudiciales había proferido el informe de su visita a Colombia, en el cual señala que los llamados falsos positivos son en realidad crímenes a sangre fría realizados de manera sistemática y generalizada por miembros de las Fuerzas Armadas contra civiles indefensos. La atribución de responsabilidades al Estado no podía ser más categórica.

El presidente Uribe comete una tremenda equivocación al insistir una y otra vez en que las flagrantes violaciones de derechos humanos cometidas por funcionarios del Estado son hechos aislados. Aunque para ser justos, es necesario decir que ésta ha sido también una equivocación de gobiernos anteriores. El mismo relator especial le dice de manera tajante al Gobierno que la teoría de las manzanas podridas es insostenible.

Quizás ha llegado el momento de la verdad. Quizás la mejor política es darle la cara a la comunidad internacional y aceptar la responsabilidad del Estado en muchos de los atropellos que se han cometido contra los civiles indefensos en esta larga guerra.

El Gobierno debería presentarse ante los organismos internacionales a reconocer los crímenes que se han cometido a nombre de la democracia, en vez de seguir tapando el sol con las manos. Una actitud valiente y franca tendrá enormes beneficios hacia el futuro, así temporalmente tenga grandes costos de legitimidad.

El reconocimiento de la responsabilidad del Estado en las violaciones de los derechos humanos ha permitido, en otras latitudes, empezar en serio la reconciliación del país, la transición democrática y el establecimiento de un nuevo pacto de civilidad que excluye la violencia de la competencia política. Lo otro es continuar con maniobras de ocultamiento tan burdas como las utilizadas en el trámite de la Ley de Víctimas, que apenas convencen a los más sectarios partidarios del Gobierno.El lector contemporáneo -así no se crea- está redescubriendo la historia con entusiasmo. La buena historia. Y una manera de reencontrarla es a través de la novela histórica.

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