No nos resignamos a vivir sin ti

Viéndolo bien
Patricia Lara Salive
Tomado de EL PAIS.COM

¡Qué tristeza se siente al escribir ese título con aire de bolero!

A pesar de que ya se sabía que Lucho Garzón se retiraría del Polo, partido que él fundó, comprobar que ya no está produce un dolor similar al que se siente cuando se va un ser querido, se abre su clóset y no vemos su ropa.

O tal vez es una sensación parecida a la que se percibe cuando una pareja de amigos se separa: no se sabe qué hacer, pues es difícil seguir siendo el mejor amigo de ambos, ya que ninguno lo entendería, y uno se debate en la incertidumbre, sin saber si acercarse al uno o al otro o si alejarse de los dos.

Aún recuerdo ese encuentro que, por iniciativa mía, se produjo al comienzo de la campaña del 2006 entre Lucho, entonces alcalde de Bogotá, y Carlos Gaviria, en ese momento candidato presidencial de la izquierda unida. A las 7:00 a.m. nos encontramos en el Palacio Liévano, Carlos, Lucho, Eduardo Andrés Garzón (asistente e hijo de Lucho) y yo. El Alcalde nos ofreció un sabroso desayuno y la charla transcurrió dentro de la mayor cordialidad. Entonces percibí que él le profesaba un profundo respeto a Carlos Gaviria, sentimiento que creo que, a pesar de la distancia de hoy, a Lucho le sigue inspirando el maestro.

Luego, en el transcurso de la campaña, sentí el dolor del Alcalde porque no se le reconocía su obra de gobierno y, durante ese período en el que, por generosa designación de Gaviria, actué como su fórmula vicepresidencial, me preocupé por resaltar los resultados espectaculares que en materia de disminución del hambre, la pobreza y la indigencia, así como de aumento de la cobertura educativa y de mejoría de otros indicadores sociales, hubo en esa alcaldía de Lucho. El alcalde Garzón fue generoso en expresarme su gratitud por ese reconocimiento que le hice y le hago, entre otras razones porque considero que si un gobierno beneficia ante todo a los pobres, razón de ser de la lucha de la izquierda, ésta no tiene motivo para criticarlo.

Después, cuando Lucho terminó su alcaldía, pensé que él debía jugar dentro del Polo, pelear cada voto, salir a los barrios, poner a participar a sus hinchas y buscar una representación mayoritaria en los dos congresos del partido en los cuales, entre otras decisiones, se tomó la de elegir dirección nacional. Mas no fue así: Lucho dejó que sus amigos actuaran, pero él no salió a exponer su pellejo, a recordar las ejecutorias de su gobierno y a enamorar, con su incuestionable carisma, a la militancia. Y pienso que ese fue un error, porque permitió que la izquierda radical arrasara con la dirección del partido. Entonces la influencia interna de Lucho se desdibujó.

Sin embargo, hay que decir que el ambiente para que el ex alcalde se sintiera a gusto en el Polo no era el más propicio, pues muchos no le perdonaron que hubiera gobernado a sus espaldas; algunas actitudes suyas dejaron resentimientos y, en fin, los sectores recalcitrantes no lo hicieron sentir bien venido dentro de su propia casa.

Entonces se dio el alejamiento. Y se llegó a la ruptura. Y se desembocó en el divorcio…

Y ahora muchos, como yo, no sabemos qué hacer, porque no nos resignamos a pertenecer a un Polo Democrático en el que no estén Lucho Garzón y Gustavo Petro y Carlos Gaviria y Antonio Navarro y todos…

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