Los hijos de papi

Sagitario
Por María Elvira Bonilla
Tomado de EL PAIS.COM

Todos son jóvenes. En eso la historia es común: vitalidad, energía, levedad. Pero algo los deferencia y a fondo: unos nacen con el camino allanado, el futuro despejado y la vida aparentemente resuelta, mientras otros, la gran mayoría, arrancan sin horizonte claro, sin oportunidades, sin futuro.

Los primeros están representados en los muchos Tomás y Jerónimo Uribe que andan por allí, se dan el lujo de ver la vida como un tablero de ajedrez donde mueven peones, alfiles, reinas y hasta juegan con el rey de manera fácil. No tienen en realidad mucho que perder, porque ahí están los padres protectores y poderosos para salir al quite y desembarrarla. La gama de estos delfines, que han existido siempre y son francamente odiosos porque se trata más de una actitud que de un azar familiar, es amplia: hijos de presidentes, de ministros, de políticos, de empresarios, de periodistas, en fin, de quienes ostentan poder.

Son los llamados hijos de papi, que son de los personajes más rechazados, aunque ellos obviamente no lo registran, de cualquier sociedad. No conocen la humildad ni el esfuerzo, manejan una prepotencia y una autoafirmación construida sobre una seguridad artificial, derivada de papá, con la que se desenvuelven con soltura dispuestos a conquistar el mundo, porque la ambición supera cualquier obstáculo posible.

Son los magos del atajo. Mientras que están en la edad perfecta para viajar, disfrutar de la naturaleza, descubrir, embeberse en lecturas inútiles, estudiar con rigor, los hijos de papi prefieren aprovechar el cuarto de hora del poder familiar para hacer negocios. A duras penas llegan a los 25 años, pero hablan sin pudor de transacciones con muchos ceros, de compañías en Panamá, de juntas directivas; memorizan términos jurídicos para defenderse y sueltan nombres y apellidos, especialmente los de los amigos de papá.

El dinero, nada, de papel, como en el viejo juego de monopolio. Aprovechan su condición de muchachos sin experiencia, sólo cuando les conviene, para hacerle el quite a las responsabilidades que deben asumir cuando se derrumban los castillos de naipes. No saben de fair play ni de reglas de juego. No conocen la frustración. No le temen a la ley ni a la justicia ni al fracaso, porque han crecido con la convicción de que todo se arregla con intrigas, palancas y favoritismos, presiones, información privilegiada y tráfico de influencias.

Pero lo que más molesta de todo es que estos hijos de papi no tienen conciencia de las ventajas ni de los privilegios de que gozan, muchos financiados por los contribuyentes. Mucho menos de la responsabilidad que deriva de éstos. Privilegios que asumen con naturalidad, como si se tratara de un destino, de la misma manera como los otros jóvenes, los de la otra orilla, que son la mayoría, aquellos que nacen pobres, sin padre conocido y sin quien los proteja ni les garantice un mínimo de seguridad mientras se valen por sí mismos, asumen el suyo, que puede ser algo tan desgraciado como una muerte prematura, por cuenta de la ambición de algún desquiciado y perverso militar que busca con un falso positivo mejorar las estadísticas para lograr un ascenso.

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