No sobraría una mirada de la dirigencia y los parlamentarios del Polo a la provincia.

JULIAN MEJIA BOTERO

Esta frase inicial, que es un reclamo, más que un lamento o una súplica, responde a la desventajosa relación centro-periferia que campea en nuestra cultura, incluyendo la cultura política. Se asume que el poder está en el centro. Que la verdad está en el centro. Que el futuro se decide en el centro. Pero cuando se aproxima una campaña electoral, como por arte de magia, cobra importancia la periferia.

Esa dependencia del centro se refleja, incluso, al discutir sobre el partido que queremos: hay quienes consideran que el ‘centralismo democrático’ es la única o la mejor forma de construir consensos y de crear condiciones para movilizar voluntades. Craso error.

La dinámica de construcción del poder político no es del centro hacia la periferia, ni de arriba hacia abajo. Es todo lo contrario. Y es así porque el poder político se construye sumando voluntades en función de un sueño de sociedad deseada, construcción para la que se requiere la participación activa de las personas. No es solo ganar adeptos o repetir consignas; es construir consensos en forma colectiva, incluyente y propositiva.

Sé que esta forma de democracia no es la única, pero a mí me gusta.

Lo demás me parece caudillismo, clientelismo, paternalismo, manipulación o, tal vez, sumisión, subordinación, obediencia o cualquier cosa, menos democracia.

Ni siquiera es válido creer que la discusión es de método. La sumisión, la subordinación y la obediencia coartan la autonomía del ser, que de esa forma pierde las libertades necesarias para el ejercicio de su poder político, y, además, genera un síndrome fácil de reconocer: si el Polo Democrático decide auto-referenciarse (definirse como centro y medida de todas las cosas) genera un espejismo que lo aleja de la realidad y lo inhabilita para responder a ella, perdiendo toda posibilidad de hacer propuestas significativas en función de su transformación constructiva. La auto-referenciación es un juego improductivo y perverso en el que yo diseño reglas para ganar siempre, así me quede jugando solo.

El Polo Democrático no puede ser solo eso (admito que no puedo impedir que hayan quienes quieran que así sea), y debe abrirse a otras miradas, a otras perspectivas, a otros mundos posibles. Por ejemplo el mundo de la democracia moderna, de la política activa, del ejercicio de lo público con primacía del bien común sobre el beneficio personal o grupal… en fin, abrirse a otras posibilidades.

Y si en el centro están enfrascados en un remolino de confusiones tratando de definir las reglas de conducta deseables y posibles para ser aceptado como “un un polista de bien” (dramático parecido con unos panfletos sobre los “niños bien” y sus conductas deseables), bueno es que miren hacia la provincia: acá puede que no sepamos tanto de teorías políticas pero sabemos de algo que es la base de la construcción del poder político: la lectura de la realidad.

Somos muchos y estamos dispuestos a participar, si hay las condiciones para que dejemos de ser monaguillos de alguna secta o borregos de algún caudillo, y pasemos a ser socios en la construcción del proyecto político democrático que decimos ofrecer al pueblo colombiano, alternativo a estos modelos antidemocráticos, homogenizantes y totalizadores que nos están imponiendo, afuera y adentro, con la anuencia de algunos, la indiferencia de muchos y la inoperancia de otros.

Comentarios »

Sea el primero en comentar este artículo

Por favor dejenos sus comentarios