Grosera intromisión
La otra orilla.
Por: Cecilia Orozco Tascón.
Tomado de EL PAIS.COM
¡Qué raro que el vicepresidente Santos no haya revirado por la manera ‘indigna’ como Estados Unidos trató a la Corte Suprema en días pasados, cuando el dicharachero embajador Brownfield criticó uno de los fallos del Alto Tribunal, porque no correspondía con los intereses judiciales de su representación diplomática! ¿Dónde estaría Francisco Santos, que está vez no dijo ni mu?
Debe ser que cuando los demócratas o los funcionarios de Obama le piden explicaciones al Ejecutivo colombiano, Santos se duele porque él es parte de la Administración cuestionada por el mal desempeño de Colombia en esa cosa tan sospechosa que se denomina derechos humanos. Pero que, en cambio, le importa un bledo si la afectada con el maltrato gringo es la Rama Judicial, en cabeza de la Corte. Es más, me atrevería a afirmar que, en este caso, al Vicepresidente y al Presidente les debió parecer divertido el tono de la nota escrita por Brownfield, aunque firmada, como toca, por el Departamento de Justicia.
Casi podría asegurarse que la Casa de Nariño es la inspiradora de la protesta de Estados Unidos por la decisión de la Suprema de no extraditar a los dos individuos de las Farc que se encontraban con Íngrid Betancourt y los otros secuestrados. Es sencillo hacer esa deducción: si por Uribe fuera, tanto los enemigos armados como los opositores demócratas del país ya estarían embarcados en aviones de la DEA rumbo a prisiones gringas de máxima seguridad. Por su parte, el Embajador, uno de los más bocones que hemos soportado, coincide con el Mandatario en esa visión macartista de la guerra y de la política legal. No fue gratuitamente como Brownfield fue seleccionado por Bush para misiones en varias partes del mundo. Por eso no es raro que califique las sentencias de la Corte como “erradas e inconsistentes”.
Un gobierno, sobre todo uno imperial como los que suele tener Estados Unidos, acostumbra confrontar a sus pares en las ramas ejecutivas de las otras naciones. Pero no es legítimo ponerles apelativos y dudar de la imparcialidad de las decisiones de una rama independiente del poder, la Judicial. ¿Qué tal el embajador de Ángela Merkel o el del presidente Sarkozy protestando por una decisión de la Corte Suprema norteamericana? Seguramente la Casa Blanca haría demostración de inconformidad y enojo y exigiría respeto para sus togados.
Nadie defiende más allá de lo que en justicia les toca a los guerrilleros ‘César’ y ‘Gafas’. Si cometieron delitos en Estados Unidos, que se los lleven, como a tantos otros. Pero si se aduce su extradición por crímenes ejecutados en nuestro territorio, en este caso los secuestros de los tres gringos y de los colombianos, la solicitud no es válida. Así lo sentenció la Corte. Más allá de todo, dudo mucho que alguien en el Departamento de Justicia sepa quién es ‘Gafas’. ¿No será que es más bien un asunto de la delegación norteamericana en Bogotá, resuelto al calor de un café en una de las muchas visitas que se intercambian el Embajador y los funcionarios colombianos? Como sería de extravagante su conducta, que Brownfield se disculpó con la Corte cuando él y la Casa de Nariño se dieron cuenta que hasta los magistrados más permisivos –Zapata y Bustos– se molestaron con su intromisión.


