Fue real
Destilados amargos.
Por: Gustavo Duncan.
Tomado de EL PAIS.COM
No conozco el texto de la parapolítica editado por José Obdulio Gaviria, pero si guarda el talante de la columna de Saúl Hernández Mora del diario El Tiempo es fácil adivinar la pobreza de los argumentos que se utilizarán para invalidar la denuncia de las relaciones entre políticos, narcotraficantes y grupos armados irregulares.
Apelar a la rigurosidad de métodos científicos para cuestionar la existencia de un fenómeno social es tan inútil como cuestionar el hundimiento del Titanic por la versión cinematográfica tan cursi de la película. Es decir, uno puede pensar que la película es mediocre sin llegar a concluir que el Titanic no existió y mucho menos que se hundió. En el caso de la parapolítica uno puede cuestionar que las estadísticas de concentración electoral sean un indicador definitivo de demostración de vínculos entre clase política y paramilitares, pero de allí a creer que en Colombia esos vínculos no existieron -y continúan existiendo-, hay mucho trecho de ingenuidad y de desconocimiento de los efectos políticos que ese hecho conlleva.
Yo iría más allá. Quienes pretenden centrar la discusión del trabajo de Arco Iris en la pertinencia de los métodos investigativos aspiran a reducir deliberadamente el tema en dos cuestiones bizantinas. Por un lado, en distraer un hecho de fondo: que en Colombia el poder político está ligado sistemáticamente de una forma u otra a actores armados irregulares y a recursos ilícitos. Y esto al día de hoy no se trata de un asunto de método científico sino de verdades judiciales y de confesiones de los mismos actores del conflicto. El problema no es que Claudia López o León Valencia sostengan que x o y político se reunió con éste u otro paramilitar y recibió dinero para la campaña de aquel narcotraficante. El problema son todos los fallos de la Justicia que corroboran tales afirmaciones, así como las propias declaraciones de los jefes paramilitares. Suena ridículo cuestionar los métodos científicos cuando Mancuso en sus cuentas del narcotráfico en Colombia habla de que por cada kilo de coca que el país exporta se paga un millón de pesos en corrupción. Para corromper se paga a quien tiene poder y el poder en una democracia emana del proceso electoral.
Lo importante del trabajo de Arco Iris es que puso la discusión política en un tema crucial para el país. Lo de la calidad investigativa en términos estrictamente académicos era secundario en comparación con los efectos de movilización de la sociedad para hacer algo frente al fenómeno. Gracias al escándalo de la parapolítica la sociedad presionó a las instituciones judiciales para que, así sea de manera parcial, desmontarán una clase política que ha llegado al poder gracias a la criminalidad. El juicio del libro de Arco Iris, como una organización de la sociedad civil, debe girar en torno a ese papel.
La otra cuestión bizantina viene de la misma academia. De muchos colegas que pese a su poca simpatía con el gobierno Uribe subestiman el trabajo de Arco Iris con los mismos argumentos de Hernández Mora. A ellos sólo queda preguntarles por qué no hicieron uso de sus conocimientos y experiencia investigativa para revelarle al país un suceso de tal magnitud. Acaso, ¿no valía la pena que los científicos sociales dedicarán algo de sus valiosas horas de investigación a explicar la naturaleza real del poder político en Colombia y no esperar a enterarse por la prensa de lo sucedido?


