Entonces, ¡sí había la plata!

Por: Juan Carlos Botero
Tomado de EL ESPECTADOR.COM

QUÉ EXTRAÑO. PORQUE DESDE HAce años, cada vez que alguien en los Estados Unidos proponía invertir un dinero en una obra social de poca importancia, como por ejemplo, qué sé yo, acabar de una vez por todas con la pobreza de los sectores menos favorecidos, o reformar el sistema de salud pública, o modernizar la educación para que los jóvenes salgan mínimamente preparados de la escuela, o amparar a los miles que duermen en la calle, o mejorar las condiciones de vida de los grupos minoritarios, la respuesta era la misma: lo sentimos, pero no hay plata para esas obras.

Además, esa respuesta nunca venía sola, sino que venía acompañada, siempre, de la mirada burlona del experto economista. Conmovido, parecía reconocer las buenas intenciones de quien hacía la propuesta, pero a la vez negaba con la cabeza, lamentando su falta de realismo y su ignorancia de la economía. En cambio, gente como él, informada y bien preparada, conocía la verdad: no hay presupuesto para esos proyectos, y de existir los recursos, esos problemas ya estarían resueltos. Para rematar, no faltaba el comentario mordaz, como un padre que amonesta a su hijo en las durezas de la vida: “El dinero no cae del cielo ni aparece por acto de magia”. Con eso, el ingenuo aterrizaba, cabizbajo, a la realidad, deseando que algún día, por fin, existiera el dinero para solucionar esos problemas y otros más de poca monta, como el detalle de la pobreza mundial, que mata de hambre a unos 10 millones de niños al año.

Sin embargo, resulta que sí hay grandes sumas de dinero para gastar. Seguro estaba refundido en algún lugar, y es entendible, porque los gobiernos son tan grandes que las cosas a veces se pierden. Estas cifras colosales tampoco estaban presupuestadas, y aparecieron como por ensalmo. Por ejemplo, el presidente Bush descubrió más de 100.000 millones de dólares para gastar, cada año, en una guerra innecesaria, contra el enemigo equivocado, basada en mentiras, y que ha matado a más de 4.000 norteamericanos e incontables iraquíes. Para eso sí había la plata. Incluso Bin Laden acaba de celebrar su séptimo aniversario de vivir a salvo, y parece que hubo torta, mago, sombreros de punta y sorpresas para los terroristas invitados a la fiesta. Y ahora se ha diseñado un rescate de 700.000 millones de dólares para salvar a los chicos traviesos de Wall Street. Lo cual es un alivio. Porque los pobres han sufrido mucho en estos días debido a su codicia sin límites y la falta de reglamentaciones, y no quisiéramos que sus ejecutivos perdieran su bono anual de 60 millones de dólares, tan merecido por su brillante manejo financiero.

Los gobiernos a menudo tienen las prioridades al revés. ¿Qué sentirá la pareja que acabó en la ruina por pagar la hipoteca de su casa y no tuvo más remedio que entregarle al banco la propiedad por la que luchó durante años, al ver que, para ellos no hubo plata ni la ayuda del Gobierno, pero para las poderosas firmas de Wall Street, sí la hubo? Seguramente uno está de nuevo equivocado, pero desde aquí parecería que cuando al Gobierno le interesa, entonces sí descubre, como por arte de magia, el dinero que no quería invertir antes en obras sociales. Es como si acudiera a un mago de talento. Y a lo mejor es el mismo que se usó para la fiesta de Bin Laden.

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Juan Carlos Botero



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