¡Capitalistas del mundo: uníos!

Castillo de proa.
Por: Medardo Arias Satizábal.
Tomado de EL PAIS.COM

Los pregoneros del desastre universal están exaltados con la quiebra mundial de bancos, el despelote en la calle Wall de Nueva York y la conversión -quién creyera- de George W. Bush en uno de los nuevos apóstoles del Socialismo, éste no bolivariano ni pensamiento Hugo Chávez, sino estilo Milton Friedman, con inspiración ‘Chicago Boys’.

Quienes vivimos en Estados Unidos estamos esculcando la faltriquera para sacar US$3.000 por cabeza para tirar un cabo de US$700.000 millones a los pobres banqueros, gente virtuosa, por cuya santidad y buenas acciones el mundo capitalista ha sido una fiesta, al menos en los últimos 20 años.

En una mala tarde de hace dos semanas, Bush acariciaba la cabeza de su perro Barney en el rancho de Texas cuando vinieron a decirle que el mundo, o sea, el capitalismo, acabaría pronto si no conseguía dinero para redimir al santoral bancario.

Y así, muy tieso y muy majo, con pantalón corto, corbata a la moda, sombrero encintado y chupa de boda, salió a contar el desastre que se avecinaba. “Muchacho no salgas”, le gritó Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, pero él hizo un gesto y orondo despachó esta sentencia: “Es la peor crisis que ha tenido Estados Unidos después de la Gran Depresión, y si no hacemos algo ahora, vamos a vivir tiempos muy difíciles”.

“Tiempos difíciles”, fue un eufemismo, porque una vez empezó a hilvanar su discurso, ya cinco bancos habían cambiado de manos y otros seis se habían ido a quiebra, las pantallas de la calle Wall parpadeaban como si hubiera regresado el fantasma de la depresión y en Asia y Europa las bolsas se derrumbaban.

Mientras los economistas hacen sus cábalas, los mentalistas recuerdan a Nostradamus y los filósofos invocan a Fukuyama, el del ‘Fin de la historia’, en Estados Unidos seguimos tomando café con leche, el carro de la basura pasa puntual los martes, los últimos pájaros del verano trinan aún en los árboles y el amor, esa gloriosa invención, todavía existe. Como existe el ruido de las calles, el trabajo, internet y el pan sobre la mesa. O sea, es posible que estos nuevos pobres de la banca pierdan sus aeroplanos de ir a tomar champán con ostras en Martha’s Vineyard los jueves al atardecer, sus yates que cruzan el mar de New London rumbo a Block Island, sus casas de recreo en Connecticut, vecinas de los predios de los difuntos Arthur Miller y Paul Newman, pero, así lo aseguran expertos de Columbia, el mundo seguirá andando.

El aeroplano, el yate, el Country Club y la rubia van a requerir ahora mucho más trabajo, porque el Gobierno de Estados Unidos acaba de descubrir que a los ricos también hay que ponerles control, reglas, bretes, para que siga la fiesta, pero en orden, o sea, que paguen por sus errores.

La propuesta ‘socialista’ de Bush, apunta a convertir a todos los estadounidenses en socios de bancos, y una vez se alcancen ganancias, redistribuir esa utilidad entre todos. Me froto las manos, pues como socio de Morgan, Citi, Wells Fargo o Bank of America, quizá podré tener también mi propio barco para ir a probar ostras al atardecer en los islotes de Massachussets, abrir nuevas fundaciones caritativas en África, construir un buen número de casas bonitas en Ciudad Bolívar y Aguablanca, levantar escuelas y, por qué no, tirarle un cabo a los damnificados de los huracanes.

Aunque, al pobre todo se le va en proyectos; Bush no alcanzó a durar ni 24 horas como socialista, cuando ya le habían caído encima demócratas y republicanos. Sin embargo, insistirá, pues ya lo dijo nuestro ‘partner’ Ernesto Guevara de la Serna: “¡Hasta la victoria siempre!”.

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