Las otras muertes

Eduardo González Villegas
Tomado de LA TARDE.COM

Las presentadoras de los noticieros de televisión estaban de luto durante la emisión de la noche del martes. Todos los programas de radio -desde los de opinión hasta los deportivos- hacían alusión al tema. Se oían unas voces indignadas; otras hasta agresivas. Los oportunistas de siempre dieron declaraciones con tono de desconsuelo. Algunos parroquianos entrevistados en la calle se mostraban claramente incendiarios y pedían -sin saber lo que decían- que prácticamente se les diera la bendición a los linchamientos. Los directores de medios aprovecharon para ganar sintonía y los abogados para mostrar su sapiencia, real o supuesta. Se propusieron marchas y minutos de silencio. Y en la mesa quedaron, una vez más, las eternas discusiones sobre la cadena perpetua y la pena de muerte… El país estaba, y sigue, de luto: las autoridades habían encontrado el cadáver de un bebé de once meses que hacía seis días había sido secuestrado por orden de su propio padre, un taxista de Chía.

Cualquier pasajero que hubiese llegado del exterior aquel día habría pensado, ante tal colección de reacciones, que ese era el primer niño secuestrado o asesinado en Colombia. Y todos sabemos que no es así.

Entonces, ¿por qué tanto dolor y tanta indignación ante este caso?

¿Será que ahora sí se rebosó la copa de la paciencia y la tolerancia

indiferente? No lo creo. Pienso, más bien, que todo se debe a esa dimensión de morbo nacional que ha convertido en tema del día sólo aquellas tragedias que estén coloreadas con ingredientes tales como: secuestradores, violencia, encapuchados, infidelidad, pago a delincuentes, delaciones, sicarios, cinismo, más violencia, etc. Si no hay de eso, es como si nada existiera.

Por ejemplo: ¿cuántas personas protestaron igual cuando se supo que decenas de niños del Chocó habían muerto de hambre mientras su clase política se roba año tras año el presupuesto departamental? ¿Cuántas marchas hubo? ¿Cuántas horas de radio dedicadas al tema? Hagamos memoria y la respuesta nos dirá la verdad. Ese también es un crimen de niños, pero a nadie parece importarle, como tampoco importa lo que pasa con los niños de muchas comunidades indígenas abandonadas de la mano del Estado, condenados ellos a una muerte temprana y segura por desnutrición o enfermedades que podrían prevenirse con un esfuercito. ¿Y por qué no indigna el drama de los niños desplazados por la guerra? ¿O el de los reclutados para esa misma guerra? ¿Y qué decir ante las miles de niñas explotadas sexualmente en un mercado de prostitución cada vez menos clandestino que puede verse en los parques de prácticamente todas las ciudades, con énfasis en las que

son receptoras de gran turismo?

Todos esos infantes, más los que sufren del maltrato familiar, el rapto, la mendicidad, el secuestro extorsivo o la violación, también son víctimas. Niños víctimas. Niñas víctimas. Y por ellos nunca he visto a las “gurisatis”, las “dávilas”, las “queens” salir a presentar un noticiero de televisión vestidas de negro, ni a los “arizmendis” o “gossaines” clamando de todo al cielo o convocando a protestas masivas. Tal vez porque el tema se volvió paisaje. Quizás porque no sube la sintonía. O a lo mejor porque le falta morbo. Son muertes planas. Son sólo otras muertes.

Comentarios »

Sea el primero en comentar este artículo

Por favor dejenos sus comentarios