Unidades que castran la política

LUCHOLucho Sin Rodeos
Por: Luis Eduardo Garzón

QUE PEREZA ME PRODUCEN LOS CONciliadores. Están con todos y con nadie. Promueven el unanimismo donde cualquier reflexión crítica se vuelve un atentado contra la unidad. No fijan posición.

En los debates álgidos se reservan para que los llamen a buscar el acuerdo definitivo. Están siempre por encima del bien y del mal y cuando actúan lo hacen en nombre de la reconciliación, del amor, de la amistad, de la Patria o incluso sin sotana se vuelven personeros de Dios.

Llaman a la concordia permanentemente, pero conspiran contra ella cuando consideran que la verdad no se parece a lo que ellos predican. Se les hace agua la boca cuando pronuncian la palabra “tolerancia”, pero declaran reo a aquel que no está a imagen y semejanza de su partitura. En política sí que se ve de esos. Quieren volverse personalidades democráticas a cambio de endilgarles a los demás los odios y a ellos el amor. Y se equivocan de medio a medio. La política es seducir. Generar pasión. Producir consensos y disensos. Quemar adrenalina y se vuelve retadora en la medida en que uno defiende lo que cree que es su razón.

Injusta, porque muchas veces se pierde objetividad. Cada día es más exigente, pues no solamente es ganador el que más sabe sino el que lo sabe decir. Los escenarios mediáticos requieren de rating que les garantice su supervivencia, no importando si para ello hay que ver cómo se liquidan políticamente los contradictores. Esto pasa aquí y en la Cochinchina. El Uribe debatiendo hoy es el Berlusconi italiano, pero con la diferencia de que, parece, no tiene la platica de éste. Confronta a la justicia, intenta reformarla como se le da la gana, gradúa opositores y hace populismo del más barato, que va desde buscar cianuro en los ríos hasta repartir cheques a diestra y siniestra. Eso le ha dado dividendos políticos.

Y eso también puede ser su talón de Aquiles, pues algunos referentes que en otrora lo acompañaron hoy lo están viendo como un pendenciero profesional. Pero ése es problema de él. Prefiero verlo de pelietas, porque cuando no camorrea, se cae en el riesgo de ser rehén de ese grupo conspireta y adulador que por hacer tantas reuniones clandestinas con ilegales terminan haciendo acuerdos peligrosos contra los demás. El liderazgo es así. O frentea o se esconde, y en la primera circunstancia asume riesgos de todo tipo. El menor de ellos, que pierda sus adeptos.

Por eso defiendo decir lo que pienso. No conozco un momento de mi vida pública que no haya sido generador de debate. Nadie me puede desconocer que si bien no soy un conciliador, sí promuevo la negociación como instrumento de reconciliación en todas las esferas. Creo que las relaciones se construyen o se destruyen dependiendo de las agendas y no de actos de fe entre llamados amigos, que terminan siendo perritos falderos al lado de sus amos. Si lo que me cuentan no quieren que se sepa, no lo hagan, porque todo lo divulgo. Por eso nunca he sido promotor ni acompañante de tantas conspiraciones que se tejen en este país a nombre de la decencia, la patria y la paz.

He dicho claramente que no estoy con ninguna reelección, incluida la presidencia del polo, y que ésta organización debe, ojalá, apostarle a una gran coalición para elegir un candidato único que se oponga a una eventual reelección del presidente Uribe. Ésta, como muchas iniciativas, debe analizarse y evaluarse sin ningún temor. La política no la puede castrar el manido argumento de la unidad. Pero allá cada cual con su manera de asumir el debate. Unos lo hacen con las cartas por debajo de la ruana y otros lo hacemos con ellas por encima de la mesa. Por ahora, para lo único que me ha servido el pañuelo blanco de Pacho Santos es para guarecerme de tantos escupitazos juntos. Pero prefiero eso a tener que usarlo para tapar lo que esconde un político tradicional. Mucho cinismo y alta dosis de hipocresía.

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Luis Eduardo Garzón

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