Para que todas las tragedias afloren

Leon Valencia León Valencia
Tomado de EL COLOMBIANO.COM

La confrontación entre el gobierno de Uribe y las Farc ha puesto en el lugar más visible el tema del secuestro y ha logrado comprometer a la sociedad colombiana con este horroroso drama humano. Es un gran acontecimiento para un país que ha sido tan indiferente al dolor de las víctimas.

Nadie con ojos humanitarios puede desconocer el gran aporte de estas inmensas movilizaciones a la solución del grave problema del secuestro. La vinculación de las principales exponentes de la música y el arte en Colombia le ha dado una nueva dimensión a la batalla por la libertad de las miles de personas que están cautivas.

Pero tenemos que hacer conciencia de una realidad: la exaltación del secuestro como la mayor tragedia nacional y la preponderancia de la agenda contra las Farc van dejando en el olvido, o situando en un lugar enteramente secundario, otras crisis, otros dolores y otros actores armados.

¿Quién puede asegurar que es menor el drama del desplazamiento forzado de personas que el del secuestro? En la mayoría de los conflictos armados internos que se desarrollan hoy en el mundo se identifica a éste como la gran tragedia. En Colombia no. A pesar de que la cifra sobrepasa los cálculos los tres millones de personas y a pesar también de que algunos informes de Naciones Unidas nos ubican ya como el país de mayor desplazamiento.

Otro dolor. La Fiscalía General de la Nación ha logrado valorar en más de diez mil los muertos y desaparecidos producidos por los paramilitares a finales del siglo pasado y principios de este siglo. Es una cifra que en otro lugar del mundo produciría un escándalo descomunal. De hecho es una cifra mayor a la que tuvo que afrontar el pueblo chileno en el curso de la dictadura del general Pinochet.

Y como parte de estos hechos macabros se produjo igualmente el fenómeno de la parapolítica que no es otra cosa que una usurpación del poder regional y de la representación parlamentaria por parte de unos dirigentes políticos en complicidad con un actor armado ilegal.

Todo esto queda sepultado en el alud de la lucha contra el secuestro y contra las Farc. También la violación del derecho humanitario y de los derechos humanos por parte de agentes del Estado que en estos días han sido evidentes. Todo se vale. Desde la violación del territorio de un país hermano, el pago por la muerte de un jefe de las Farc mientras dormía y la entrega de una recompensa a quien lo asesinó y trajo como muestra su mano cercenada, hasta la utilización de símbolos de la principal organización humanitaria del mundo.

Nada se oye distinto a la lucha contra la guerrilla de las Farc. Y no es que la degradación de esta fuerza no se merezca el repudio de la sociedad. Es que un país no puede esconder tragedias mayores amparado en la lucha contra uno solo de los actores y contra una sola de las degradaciones.

Ahora bien, esto no es algo casual. Se debe, sin duda, a una bien estructurada estrategia del presidente Uribe. La exaltación del combate al secuestro y de la lucha contra la guerrilla, le permite poner un velo a fenómenos que lo afectan directamente como la parapolítica o la corrupción en que incurrieron altos funcionarios del Estado con ocasión de la aprobación de la ley que dio visto bueno a la primera reelección del Presidente. Es muy eficaz esta estrategia como lo muestran las encuestas, marchas y la actitud de los medios de comunicación.

Las Farc han si además especialmente funcionales a la estrategia de Uribe. Han aceptado el reto militar. No han sido capaces de levantar un proyecto serio de paz y reconciliación. Si hace ocho o diez meses esta guerrilla hubiese entregado los secuestrados a la comunidad internacional y al tiempo hubiese levantado una propuesta de paz negociada, el escenario sería distinto. Aún pueden entregar a los cautivos y enarbolar un proyecto de reconciliación, pero es difícil que lo hagan porque están tan apegados como Uribe a la solución militar.

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