Tirofijo


Por
León Valencia
Tomado de EL COLOMBIANO.COM

Quizás no hay un tiempo para morir. Quizás la muerte siempre es inoportuna. Al finalizar 1999, en ese momento mítico del cambio de milenio, la revista Semana ponía a Manuel Marulanda Vélez entre los diez hombres más influyentes del país en el siglo veinte. Las Farc habían atesorado un cúmulo de victorias y habían llegado a una mesa de negociaciones con la posibilidad cierta de lograr un acuerdo de paz.

Ahora, ocho años después, esta guerrilla se encuentra asediada militarmente, en un momento de agudo desprestigio y lejos de un diálogo en función de la reconciliación. Es un momento amargo para irse a la otra vida.

Y es un tiempo negado para intentar un balance complejo de este hombre que tendrá una imagen persistente en el incierto porvenir de esta patria. Lo de ahora son los estereotipos. El villano absoluto para una mayoría crujiente, el héroe sin tacha para una exigua, casi inexistente, minoría.

Hizo mucho daño y le hicieron mucho daño. De las muertes que causó, los secuestros que propició y las destrucciones que alentó, el país tiene una memoria, vaga, pero suficiente para el juicio de la historia. También sabe un poco sobre las persecuciones que sufrió: desde cuando la policía chulavita se ensañó con su familia, hasta la dolorosa época de la Unión Patriótica en que murieron miles de personas de su entorno cercano a manos de una mezcla infame de agentes del Estado, paramilitares y narcotraficantes.

El epitafio es elusivo y cambiante. Cada quien escoge lo que le interesa a la hora de escribirlo. La mayoría sin pestañear se fijará en el daño que infligió y sólo algunos dirán de soslayo que algún motivo alentaba su rebelión.

Ya no importa para él la inscripción que tenga su tumba. En el abismo insondable del más allá no hay lugar para la vergüenza o el orgullo, ni para el arrepentimiento o el perdón. Pero importa para quienes quedamos acá, para esta nación adolorida por una guerra sin pausa.

Si no hay razones para la guerra tampoco las hay para la reconciliación y la paz. De las razones que esgrimen quienes van a la confrontación se nutren los pactos que anuncian el final de un conflicto.

Arriesgar la vida, o disponerse a segar la de un semejante, es la decisión suprema de un ser humano. Si un hombre, durante muchos años logra arrastrar a miles de personas a la dolorosa empresa de un alzamiento armado, es que hay de por medio afrentas insalvables, heridas que no sanan, odios que no fenecen.

Ahora es menos probable un rapto de lucidez del país. Embebidos como estamos en la quimera de una victoria, no es posible que a alguien se le ocurra que en el subsuelo de esta guerra hay unas causas y unas responsabilidades que atañen tanto a quienes desafían al establecimiento como a quienes lo sustentan y defienden.

Cuando se habla de horror en el presente los ojos vuelan hacia el África, pero allá, en una de sus naciones, hay un hombre que fue capaz de empinarse sobre la tristeza del momento para otear un horizonte distinto en su tierra. Don Nelson Mandela estuvo también muchos años atrapado en las grietas de una polarización insoluble y logró hacerse a unas alas para volar hacia el futuro.

Manuel Marulanda tuvo la misma oportunidad hace ocho años, por lo visto no lo acompañaba la misma luz de Mandela. Pero también falta fulgor en quienes dirigen el país. Hay oscuridad allá y aquí. No hay sosiego entre los vivos ni paz en su tumba, don Manuel.

lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

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