De “Tirofijo”

Al margen. Por: Germán Patiño.
Tomado de EL PAIS.COM

De acuerdo con el Ministerio de Defensa, el quindiano más influyente del Siglo XX en Colombia, falleció hace poco.

Pese a la falta de credibilidad del ministro Santos, en esta ocasión la noticia resultó cierta. Así se le pone colofón al libro titulado Las muertes de ‘Tirofijo’, escrito por el caleño Arturo Alape para burlarse de la decena de informaciones anteriores, que siempre resultaron falsas.

De lo que casi puedo estar seguro es que su muerte debió ser de causa natural y no por la incursión de las Fuerzas Armadas en la zona donde se “presumía que estaba”, según lo sugirió el inefable ministro Santos, tan presto a adjudicarse victorias que se le deben a otros –“derrotamos políticamente a las Farc”, dijo hace poco, rapándose este triunfo de Pastrana-. Además, por las ironías de la vida: es apenas lógico que el causante de tantas muertes fallezca en la tranquilidad de una cama.

Como fuere, Pedro Antonio Marín, que es como se llamó este viejo campesino, fue un auténtico fruto de la violencia desatada entre conservadores y liberales. Él vio morir a la mayor parte de su familia en manos de los pájaros conservadores del norte del Valle, en la tristemente célebre masacre de Ceilán (me imagino que Teodolindo tendrá algo qué decir al respecto). Y se refugió en Génova, donde había nacido, para cobrarse cuentas, aliado con los poderes liberales de ese departamento.

Perseguido por los conservadores, y luego por los liberales, no tuvo tiempo para reflexionar sobre el país en el que le había tocado vivir y su existencia transcurrió desde muy joven entre atajos de monte, cruces de cordilleras, reuniones clandestinas y batallas tras batallas por la supervivencia. Es un auténtico símbolo de la Colombia enmontada, que tiene notables antecedentes en las guerras civiles del Siglo XIX.

No fue un héroe, sino el testimonio viviente de un país agitado e intolerante cuya presencia poco se siente en las ciudades. Incluso su mayor obra, las Farc, ni siquiera fueron idea suya. Como lo reclama el Partido Comunista en sus 30 años de lucha del Partido Comunista de Colombia, esta organización armada surgió por decisión del Comité Central de ese partido con el propósito de tomarse el poder mediante la táctica de “combinación de todas las formas de lucha”. Así lo reafirmó José Cardona Hoyos en Ruptura –Una camarilla corroe al PCC-, publicado en 1985, poco antes de ser asesinado por sus viejos compañeros de lucha.

‘Tirofijo’, heredero de la barbarie de la violencia de los años 1940 y 1950, llevó el sentimiento de venganza y las acciones contrarias a toda norma de civilización al seno de la organización a su cargo. Convirtió a las Farc en los mayores violadores del Derecho Internacional Humanitario de que tenga memoria el país. Su rebelión, tal vez justa, aun cuando no justificable, se ensombreció con la apelación al asesinato, al terror y, finalmente, al narcotráfico.

Su gesta no es luminosa sino sombría, teñida de sangre de muchos inocentes. Pero no debemos olvidar que el propio país que hemos construido es el que ha generado ese tipo de criaturas.

Muerto o no, ante su altar sanguinario se han inclinado presidentes, ministros, parlamentarios, periodistas, intelectuales y aún personalidades extranjeras de valía. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, es la lección que nos deja.

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