James Llanos y sus “Complementarios”

Germán A. Ossa E.
Tomado de EL DIARIO DEL OTUN
Complementarios son las figuras que uno ve, después de haber mirado las figuras que uno ha dejado atrás, pero que la retina del ojo ha guardado durante décimas de segundo.
Qué agradable es entrar a la Sala “Carlos Drews Castro” en estos días. Y mejor si ella tiene las pequeñas bombillas encendidas, pues las paredes repletas de esas obras elaboradas por el Maestro James Llanos, con unos colores que sólo a él se le ocurren, tonifican ese ambiente, iluminando de manera ejemplar, lo que pudiera señalarse como la antesala del Teatro Municipal de la ciudad, que da cobijo a los más bellos espectáculos que llegan a la Perla del Otún.
De golpe, unos cuadros que no son cuadros porque no tienen la vestimenta convencional, hacen un diálogo con el espectador que se regocija mirando uno a uno, esos dibujos envasados en plásticos de formato rectangular, que fueron diseñados previamente por el artista, contando las historias que él, imaginó cuando en su taller, los escribía con colores, figuras, trazos, manchas y pinceladas, frescas y precisas.
Él maneja un discurso basado en experiencias acumuladas en su vida universitaria, en su existencia social y de su imaginería de artista. Él aparece en algunos momentos, aparece su bella media naranja en otros espacios y aparecen pedazos de sus cosas que son pedazos de vida, en otras tantas composiciones. Cuando hay algo que no quiere que el espectador conozca, hace trazos difusos, curvados, como los rizos del “Pibe” que sin querer decir “Todo bien”, le quedan todos bien.
Complementarios son los textos que uno le agrega a lo que él escribe con sus pinturas. Complementarios son los textos que no se leen cuando al tratar de descifrar los enigmas que allí se plantean, porque la cabeza del espectador simplemente se anima a darle vueltas a otras cosas que le llegan y Complementarios son las figuras que uno ve, después de haber mirado las figuras que uno ha dejado atrás, pero que la retina del ojo ha guardado durante décimas de segundo, insertándolas en el cerebro, para disparar ideas posteriores que complementarán esa lectura que la obra de James plantea.
He ahí la importancia de la obra de este artista que no se llena con estampar imágenes agradables al ojo humano, sino que las compone de tal manera, que esperan del observador el complemento del raciocinio, muy poco común en los artistas que ahora pululan en este medio, en el que el arte se riega como maleza.
James hace la obra, el artista mismo la ubica en la sala, interviene las paredes, divide un espacio del otro con una cinta roja (que parece su color preferido) que advierte que en otra parte sigue su cuento y uno se anima y continua el recorrido y se topa con otra exposición que es la misma, pero donde la fantasía se agranda, y aparecen unos cuadros enmarcados pequeños y otros grandes y ya sí vestidos como cuadros y definidos como obras de arte, en los que las figuras perfectamente elaboradas y perfectamente dispuestas en el espacio, agradan al espectador que se ve obligado a recorrer de nuevo la primera sala, para complementar las ideas que han estado dando vueltas en la cabeza, y es entonces cuando uno se alegra porque se ha cumplido el contrato mudo planteado entre el artista y el espectador.
Pero todo no para ahí. La exposición sigue. La última pared alberga cuatro pequeñas repisas, las cuales sirven de cuna a cuatro libretas que complementan aún más las ideas de James que parece incansable, pues en ellas se descubre que el artista es un verdadero artista, que estudia, que analiza, que crea, que recrea, que dibuja, que pinta, que propone, que piensa, que escribe, que lee y que es capaz de ponerlo a uno a leer (que es lo difícil hoy día, cuando todo el mundo corre porque cree que el mundo no va a alcanzar para todo lo que hay que hacer).
Uno quisiera que existiera una película en la que se vieran hoja a hoja, los contenidos de las libretas que James ha hecho durante estos tantos años de creación ininterrumpida y que en forma continua, se pasara en un televisor ojalá de pantalla gigante, en una pared cualquiera de la Sala, porque jugaría un papel importantísimo en la complementariedad de su extraordinaria propuesta.
Me gusta por estos días, ir una y otra vez, a la Sala “Carlos Drews Castro”, solo o acompañado, a gozarme esos “complementarios” de James, que me imagino, en la terrible oscuridad de las noches, cuando los artistas de la comedia, de la música, del baile y del teatro se han ido del “Santiago Londoño”, se ponen a charlar sobre la ignorancia de nosotros los que contemplamos la obra, y que nos imaginamos tantas cosas, como esas que me he animado a compartirles ahora.




