Gaitán, “caudillo del pueblo”
Por
Javier Henao Hidrón
Tomado de EL COLOMBIANO
Bogotá, engalanada, era sede de la IX Conferencia Panamericana. Gaitán, jefe único del Partido Liberal y el político más popular del país, ese viernes, a la 1:05 minutos de la tarde, salía de su oficina del centro de la ciudad en compañía de algunos amigos que habían ido para invitarlo a almorzar y congratularlo por el triunfo jurídico de la noche anterior, cuando había logrado la absolución de su defendido, el teniente Cortés. En el andén lo esperaba un hombre de estrato social bajo, veintiséis años de edad, desempleado, tímido y reservado, Juan Roa Sierra, quien en cumplimiento de oscuros designios de venganza política -nunca esclarecidos- de inmediato accionó su revólver; dos tiros hicieron impacto en la espalda y el tercero en la base del cráneo; cuarenta y cinco minutos después, moría en la Clínica Central. Entretanto, la multitud se tomó las calles al grito de “Mataron a Gaitán”, dispuesta a vengar la muerte de su jefe (”si muero, vengadme”, había sido una de sus frases de combate); el asesino fue arrastrado por la carrera séptima, linchado y su cadáver abandonado al frente del Palacio Presidencial; luego vino el saqueo de almacenes, tiendas y ferreterías, la toma de emisoras y la destrucción e incendio de tranvías, edificios públicos, el Palacio Arzobispal, el periódico El Siglo, creando un caos social que sólo vino a perder fuerza ante un inclemente aguacero en las últimas horas de esa tarde. Meses después, campesinos gaitanistas organizaban los primeros grupos de guerrilla en la región de los Llanos Orientales.
Desde entonces, frustrado el ascenso al poder de Gaitán, el país vive una violencia organizada y recurrente, convertida en el mayor de los problemas nacionales.
Hijo de Eliécer Gaitán, un vendedor de libros usados, y de Manuela Ayala, admirable maestra de escuela que fue su guía y bálsamo, Jorge Eliécer, el segundo de siete hijos, se recibió como abogado en la Universidad Nacional con la tesis titulada “Las ideas socialistas en Colombia” y, después de ejercer en una modesta oficina particular durante año y medio, con sus ahorros y la colaboración de su hermano Manuel José, propietario de la Droguería Veneciana, emprendió viaje a Italia, en cuya Real Universidad de Roma se especializó en Derecho Penal y Criminología con los máximos honores, habiendo sido discípulo preferido de Enrico Ferri, padre de la escuela positiva en esa disciplina jurídica.
De nuevo en Colombia, en lo sucesivo combinaría el ejercicio de su profesión -gozó fama de ser uno de los mejores abogados penalistas del país- con una intensa actividad política en la cual utilizó como instrumentos para la acción el verbo encendido de su oratoria -y la transmisión radial de sus discursos-, el periódico Jornada, su infaltable compañero el automóvil, que, a su mando, lo condujo por la variada geografía nacional -en menor grado se sirvió del avión-, y la organización de cuadros de trabajo en zonas urbanas y rurales.
Después de una intensa labor proselitista por barrios de Bogotá y municipios de Cundinamarca, en 1929 fue elegido representante a la Cámara, recinto desde donde se convirtió en figura nacional al adelantar un completo y documentado debate sobre la masacre de las bananeras.
Posteriormente sería miembro de la Dirección Nacional Liberal, rector y profesor de la Universidad Libre, fundador de la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, UNIR, alcalde de Bogotá, senador de la República, dos veces ministro de Estado, candidato presidencial en 1946 enfrentado a Gabriel Turbay y Ospina Pérez, y, tras la victoria del gaitanismo en las elecciones parlamentarias de marzo de 1947, jefe único del Partido Liberal y virtual Presidente de la República para el período 1950-1954.
De mediana estatura, delgado pero atlético -contextura bolivariana-, moreno (”de un color madera semejante al roble y de inconfundibles rasgos mestizos que de por sí le daban fuerza de identificación con nuestra raza colombiana”, escribe Gloria Gaitán Jaramillo en la biografía de su padre), seguro de sí mismo, imbuido de nobles ideales, dotado de temperamento revolucionario y estudioso de los problemas del Estado, de la sociedad civil y del hombre colombiano.
En el campo ideológico trazó la distinción tajante entre el país político y el país nacional. Concibió al primero como interesado ante todo en la mecánica política y por ende en la ganancia de elecciones y eminentemente burocrático, adicto a los contratos, a la plutocracia, al papeleo lento, al tranquilo usufructo de curules y que tiene el cargo público no como un lugar de trabajo para contribuir a la grandeza nacional sino como mera granjería; a los jefes de este singular país de privilegios los llamó oligarcas y entendió que los oligarcas liberales y conservadores son “los mismos con las mismas”. Integran el país nacional, por el contrario, las gentes que se preocupan por los problemas económicos y sociales, el bienestar de la familia, la educación de sus hijos, la lucha contra el alcoholismo, la defensa del ser humano, y colocan por encima de todo la grandeza de Colombia. Esta visión crítica lo llevó a asumir el liderazgo del país nacional y, para diferenciarse, se autodefinió: “Yo no soy un político, soy un hombre con ideas políticas”.
Partiendo de la base de que la moral es la fuerza por excelencia de la sociedad y que se requiere lucha y más lucha, pero consciente, entendió al Estado como síntesis de democracia y soñó una nación de paz donde tuvieran prelación los niños, la salud, la educación y el trabajo como medios para conquistar la igualdad social y la justicia económica. Quiso eliminar las iniquidades y los privilegios, pero “bajo la fuerza de los ideales pulcros”. Se interesó por el fomento de la vida municipal, el salario familiar, la formación de pequeños propietarios y, para dignificar el ejercicio de la política, por la instauración del sufragio obligatorio. En ese escenario colocó de actor al pueblo, concebido como el amplio espectro social donde no tienen asiento las oligarquías.
Gaitán, en la historia patria, no tiene antecedente sino en la figura egregia de Rafael Uribe Uribe y, remontándonos a los albores de la república, en el formidable liderazgo de Simón Bolívar.


