La perversión del debate político

Por
León Valencia
Tomado de EL COLOMBIANO

No me perdonaría guardar silencio sobre las consejas perversas que gente anónima ha lanzado a la cara de mis amigos: Jorge Giraldo, Darío Acevedo y Jaime Jaramillo Panneso, intelectuales antioqueños, y también sobre otras personas. Los acusan de servir al paramilitarismo. Creo entender que el argumento para estos señalamientos es la actitud independiente y crítica que estos líderes de opinión tienen frente a la guerrilla y la distancia que han tomado frente a muchas posturas de la izquierda colombiana.

Nada más infame. Igualmente han mantenido una posición crítica frente al paramilitarismo. Incluso Jorge Giraldo es coautor del libro de la Corporación Nuevo Arco Iris: La Parapolítica, la Ruta de la Expansión Paramilitar y los Acuerdos Políticos, que desnuda la perversa relación entre las Autodefensas Unidas de Colombia y las elites políticas entre 1998 y 2006.

Lo que han tenido en común estas personas es una posición de rechazo vertical a la utilización de la violencia en la política. Y esto es una gran apuesta ética que enaltece su labor intelectual. Están enfrentando de modo digno la mayor tragedia de la democracia colombiana: la asociación entre actores políticos y grupos armados ilegales.

Ahora bien, eta difusión de acusaciones muestra la otra cara de lo que ha sido el recurso más utilizado desde el Palacio de Nariño para deslegitimar a la izquierda y a las fuerzas de oposición: ligarlas a las Farc cada vez que levantan su voz para reclamar un acuerdo humanitario o para propugnar unas negociaciones de paz con las guerrillas. Cada vez que se atreven a cuestionar la militarización de la vida nacional o llaman la atención sobre esta o aquella violación a los derechos humanos por agentes del Estado.

La maniobra es brutalmente efectiva. Es una forma de torcerle el cuello a los opositores. Dado el alto grado de rechazo que tienen las Farc, la acusación de que algún dirigente social o político o un grupo de personas es aliado, cómplice o vocero de la guerrilla, automáticamente lo enfrenta a la sociedad entera.

El dirigente o grupo político tiene entonces dos alternativas: una, persiste en sus ideas y mantiene en alto, contra viento y marea, la lucha por el acuerdo humanitario o la búsqueda de la paz o las críticas al Gobierno y entonces su popularidad se afecta enormemente y se enfrenta a múltiples agresiones, es el caso dramático de la líder liberal Piedad Córdoba.

Dos, para tratar de amainar la presión que se ejerce desde el alto Gobierno y desde los medios de comunicación, el dirigente o grupo opositor tiene que dedicar grandes esfuerzos a criticar todas y cada una de las acciones de la guerrilla, a fungir como enemigo principal de la insurgencia. En este caso, su principal misión, que es realizar una oposición pacífica, civilista y persuasiva al Gobierno, se ve menoscabada. Es la situación en que ha quedado en los últimos meses Gustavo Petro y otros dirigentes del Polo Democrático.

Esta estrategia de la derecha ha tenido en los últimos meses manifestaciones crudas y descaradas. La campaña de José Obdulio Gaviria, Plinio Apuleyo Mendoza y Fernando Londoño contra la marcha del 6 de marzo, señalando que la acción había sido convocada o impulsada por las Farc, marcó un punto muy alto en esta escalada contra las fuerzas sociales y políticas de oposición.

Ahora, en Medellín, alguna persona o grupo recurre a una estrategia parecida a la que utiliza la derecha. Se lanza a acusar de paramilitar a intelectuales civilistas sólo por el hecho de no hacer concesiones a la utilización de la violencia desde los parajes de la izquierda.

De lado y lado quieren anular el debate político. El daño a la democracia que producen en este tipo de acciones es enorme. En la medida en que se reduce el espacio para la crítica independiente, para la democracia deliberativa, crece la polarización del país y la guerra.

lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

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