La marcha de marzo
Eduardo Escobar. Columnista de EL TIEMPO.
Marchar o no marchar es el dilema filosófico de moda en Colombia. Un dilema pedestre sin duda. Alguien dirá que no marcha solo con las extremidades. Que también lo hace con el corazón. Allá él. Y su cardiólogo.
Siempre hubo manifestaciones aquí, clamorosas y millonarias.
Como las organizadas hace años por País Libre contra el secuestro, por ejemplo. Pero ninguna como la convocada a través de Facebook el 4 de febrero por un grupo de ciudadanos irritados por la sevicia de los hombres de Marulanda recibió un apoyo igual de los medios y la opinión ni suscitó tantas resistencias e interpretaciones. El país necesitaba marchar, era obvio. Desahogar la inconformidad, convertir en manifiesto la impotencia, abrirse a la esperanza. No pudo hallar la forma de concertarse sobre el sentido de la marcha, pero al fin, de cualquier manera, marchó.
La Colombia silenciosa presente en el mundo sacó la cara por la
decencia esencial de este país extraviado en la semántica, incapaz de ponerse de acuerdo sobre las palabras del porvenir. Jamás se hizo tan patente la capacidad de penetración de los colombianos.
En el último rincón del planeta hubo uno con un ruego garrapateado en un cartón. En los más remotos horizontes. Marchando.
La cosa constituyó una experiencia rica en emociones para los que marcharon en cuerpo y alma y para quienes nos quedamos en casa haciendo zapping en tenis. Por mi parte, por más que mantenga lo mejor arraigadas que puedo las dudas sobre la validez de las nociones de nación, nacionalismo, etc., me sentí conmovido por ese montón de gente haciendo presencia en los cuatro puntos cardinales. Como si fuera mía. Sumergida en su anonimato. Llevando por la calle su pequeña voz cada cual. En Ambalema y Amberes.
La masa es conmovedora. Y terrible. Es lo opuesto a otra idea vaga pero socorrida: el individuo. En el tumulto, uno siempre teme que caiga una piedra perdida, o el mandato de un loco de atar inicie el movimiento y la asonada. La masa es ciega cuando se mueve. La historia tiene mil ejemplos de sus desafueros cuando rompen las costuras de la conveniencia.
La marcha anunciada para el 6 de marzo no ha merecido menos controversias. Que es una reacción sesgada de grupos determinados, de una izquierda sombría incapaz de evolucionar, dicen. Y puede ser. De cualquier manera, está justificada por el mismo padecimiento. Y sus marchantes tienen igual derecho a la plaza que usted o yo. Aunque su marcha parezca menos simpática y espontánea que la otra, merece respeto. Sobre todo porque hace rato dejó de haber inocentes aquí. Y todos estamos constituidos en víctimas y verdugos al tiempo como en la misteriosa dialéctica sartreana.
Quienes descalifican la marcha de marzo con estigmas adelantados y virulencias contribuyen a mantener enrarecido el ambiente de una nación confundida. Empecinada en marchar por ahora. En hacer de sus callos una expresión de su voluntad.
Que marche todo el mundo. A ver qué sale. Que cada cual pegue el grito que necesita si siente que sirve de algo. Muchas tragedias en el círculo centenario de tragedias colombianas vienen del vicio de hacer oídos sordos a los clamores ajenos, y de dañarles el caminado a aquellos con quienes andamos en desacuerdo. Más vale parodiar ahora unas antiguas palabras. Yo no puedo marchar contigo, pero marcharé hasta morir por defender tu derecho a marchar.
Un poeta cubano dijo que todo momento oscuro merece ser conversado. Es lo que falta en la Colombia oscura de hoy.
Conversar a la peripatética. Ya que matando nada conseguimos.
Abucheando al distinto. Tratando de acallarlo, conjurarlo y borrarlo.
Desde cuando llegaron los primeros sacerdotes con la crisma a vestir al desnudo, pasando por las guerras de Cristo Rey que inauguraron la modernidad para nosotros. A lo mejor, marchando acabaremos por cambiar. Y, si nada cambia, se hace ejercicio de todos modos. Qué diablos.
Eduardo Escobar


