La combinación de las formas de lucha
Camilo González Posso
Se ha vuelto moda hablar de este tema un tanto lejano para el común de la gente. Los gurús del Gobierno fijan posiciones en varios escenarios condenando la teoría y la práctica de la “combinación de las formas” de lucha como un invento marxista que, colocado en la política actual, sería la prueba de intenciones antidemocráticas. Sobre este asunto han escrito sus páginas los doctores José Obdulio Gaviria y Luis Carlos Restrepo, ya sea para explicar el porqué del genocidio de la UP, el terrorismo de las Farc o la indecisión del Eln sobre un horizonte de abandono de la lucha armada. Pero la presentación obdulista sobre la combinación de lo legal y lo ilegal, de lo pacifico y lo armado, en la lucha por el poder, está cargada de silencios y de toda suerte de equivocaciones. Ni esa peculiar combinación es invento desde la izquierda, ni son eficaces argumentos unilaterales para confrontar a quienes equivocadamente siguen pensando que la violencia armada tiene alguna justificación en la lucha política.
El uso de las armas ilegal y arbitrario ha sido parte de la historia de Colombia desde siempre y desde el siglo XIX ha servido para el ejercicio del poder. La mitad del siglo XX transcurrió en medio de un régimen de Estado de Sitio y la defensa del orden se hizo “combinando todas las formas de lucha”, a veces con chulavitas, otras con pájaros o mercenarios de varios uniformes. La guerra fría educó en tortura y desaparición y en alianzas con toda suerte de mafias, narcos, paras y la llamada ley de fuga. Y ese entrenamiento en la combinación de formas de lucha para la defensa de poderes regionales, locales y nacionales tuvo su expresión mayor en el cruce de siglos con la expansión del paramilitarismo, que sigue vivo aunque en crisis irreversible.
La otra cara de la historia fue que al autoritarismo desde arriba se le opuso un autoritarismo armado desde abajo. La guerrilla liberal, animada desde Bogotá, llegó a tener 50.000 hombres en armas, y respondió durante casi dos décadas a las dictaduras civiles recurriendo a toda suerte de métodos, incluida la masacre de conservadores. El levantamiento gaitanista urbano y el agrarismo del siglo XX fue reprimido a sangre y fuego. Y desde ese capítulo de violencia no resuelto surgieron las guerrillas en varias versiones. La resistencia armada vistió con programa comunista o socialista lo que en realidad no pasaba de propósitos de supervivencia y objetivos reformistas liberales o socialdemócratas. La ideología comunista, confundida con el estatismo soviético, se derrumbó con el muro de Berlín, y, para mal de la historia, el mundo capitalista globalizado le infligió la derrota del siglo a los movimientos anticapitalistas. Se inició la era del imperio y la resistencia armada se convirtió en alimento para nuevos despotismos.
Y en Colombia, la lucha armada contra el poder, con su discurso del siglo XIX, ante su imposibilidad de triunfo y nuevas realidades, incluida la Constitución de 1991, se volvió un arcaísmo funcional a lo peor del autoritarismo. Todo esto sin hablar de otras mutaciones que son inherentes a estructuras armadas que se imponen en territorios y que ante la incapacidad de ser alternativa nacional, se vuelven cuerpos extraños que se alimentan de micropoderes basados en el miedo y no en los programas originales de transformación. El problema que tenemos no es solo que se sigue combinando las formas de lucha y recurriendo a las armas para hacer política desde arriba o desde abajo, sino que en todo caso esas armas se han convertido en el abrevadero de los autoritarismos y en obstáculo mayor para alternativas democráticas.


