Lo malo no es la política
Por: Gabriel Rosas Vega
Tomado de EL PAIS
Muchos colombianos consideran el ejercicio de la actividad política como una enfermedad infectocontagiosa. Con la idea que las sociedades pueden ser gobernadas por personas que nada tengan que ver con la política, se han puesto en el escenario exhibicionistas, venerables clérigos, supuestos dirigentes cívicos y una compleja fauna de conductores que dicen tener la solución a los problemas.
Un repaso de opiniones y artículos de conocidos comunicadores da cuenta de ese extraño mundo en que nos hemos colocado. Todos propugnan por la elección o el nombramiento de gentes que jamás hayan tenido que ver con la política. Además, tienden a asociar la honorabilidad con el alejamiento de su ejercicio. Quienes no han estado metidos en esos menesteres se encuentran libres de tacha. Los que por desgracia han tenido algo que ver con ellos, alguna duda despiertan. Por esto mismo se ha gremializado el grupo. De allí el calificativo –por lo general despectivo– de clase política.
Crasa es la equivocación que cometen los que así piensan; no sólo por no distinguir entre políticos correctos y políticos corruptos, sino, en especial, por quitarle a la política su más valioso sentido: el arte de gobernar a los pueblos. Sólo la comprensión y el conocimiento y la práctica de los principios que forman su base filosófica, permiten orientar y manejar a las sociedades. Los individuos distantes de estos ajetreos, en general, no pueden cumplir esa vital misión social y raros son los casos en los que, quienes no se han ‘untado’ de pueblo, salen con algo.
Para evitar cualquier mal entendido, que no se crea que estoy en plan de defender el estado actual de las cosas; ni más faltaba. Lo que trato, por una parte, es de llamar la atención sobre el error tan grande que se comete al creer que las sociedades pueden ser conducidas por desconocedores de las cuestiones políticas y, por otra, que la política es una actividad humana reprochable.
Como lo anoté antes, el ejercicio de esa función ciudadana es noble, constructiva y necesaria siempre que se adelante con sentido de servicio y en defensa del bien común.
Por desgracia, en Colombia este sentido poco se toma en cuenta y, mucho menos, se practica. La política se convirtió en el medio para que unos cuantos se apropien de lo que le pertenece al resto de los ciudadanos.
No ha sido sólo el daño a la organización institucional del país –muy grande, por cierto– en lo que ha terminado el mal ejercicio de la política; también en la eliminación de opciones para la solución de los problemas. Buscando la utopía de un gerente que nos saque de la quiebra, hemos olvidado que la cuestión es mucho más complicada que eso.
El problema no se reduce a organizar unos factores de producción, combinarlos y obtener un producto final. Por supuesto que no. Para manejar un país o cualquier conglomerado social, se requiere la comprensión e interpretación cabal de las necesidades e intereses de las gentes y eso sólo se logra mediante el ejercicio de la política, en el sentido de servicio colectivo, claro.
En esas condiciones, el país lo que necesita es sacar a los malos políticos y devolverle a la política toda su dignidad. Así mismo, conseguir que quienes la hacen no sean considerados parias, sino protagonistas insustituibles de las actividades nacionales.
De la misma forma como las sociedades necesitan guías espirituales –sacerdotes–, valerosos soldados, empresarios eficientes y obreros productivos, también necesitan conductores políticos. Entonces. No nos pongamos en contra de la política, sino hagámosla con personas honestas, capaces y comprometidas con la consecución del bienestar general.


