La conciencia alterada
Eduardo Escobar. Columnista de EL TIEMPO.
‘No deberíamos curarnos de los estupefacientes sino de la estupidez’.
Embriágate. De poesía, de vino, o de virtud, pero embriágate. Escribió Baudelaire. Antes de la invención del vino y los tridestilados, y su turbio ajenjo, éramos dueños de una vasta farmacopea de flores fabulosas y hongos de primavera para despertar la fantasía agarrotada en las rutinas. El mismo autor de Los paraísos artificiales consumió entre asombros y remordimientos de católico el hachís llevado a Francia por los soldados de las colonias.
Dicen que el sentimiento de la intimidad, y el reconocimiento del otro, y la religión que es intimidad con los dioses, el verbo y el misterioso sacramento de la eucaristía surgieron de los sigilosos hongos de Eleusis y de los esenios del Mar Muerto. El opio afinaba la inteligencia de los vinos destemplados de la Grecia de Sócrates.
Quizás debemos un montón de cosas buenas al soma que sahumaba las hecatombes de caballos de los arios y al cornezuelo de centeno de los panes viejos de los místicos españoles.
Y dicen que los elefantes se embriagan. Y que son los únicos animales que oran. Y se embriagan los toros del Casanare. En La tumba sin sosiego, Ciryl Connolly menciona la hierba loca que pastan algunos caballos bohemios del desierto norteamericano, segregados de la manada. El beleño y la mandrágora de las brujas medievales prolongan tradiciones milenarias. Alguien dijo que la persecución de las drogas es una negación de la libertad religiosa. Vivekananda, un filósofo indio, que debemos acceder al éxtasis aunque sea por las emanaciones de mercurio. Otros prefieren la gimnasia. El tai chi y el yoga.
Las drogas guardan, como la gimnasia, infiernos reales, e inventados por la irreflexión o el interés, junto a los paraísos que ofrecen. Pero las burocracias acaban de ennegrecerlos con su hostigamiento y sus prisiones aumentando de paso su atracción maligna. Las enormes maquinarias de funcionarios de ahora, los ejércitos de policías y soldados se parecen de lejos y de cerca a las burocracias dogmáticas de dominicos de los tiempos de la Inquisición, que perfeccionaron la usura y el libro de contabilidad.
No se cura la sarna apaleando al perro.
Son los miedos del Orden. Los monstruos de la razón. También son mortales el trabajo sin amor, ciertos matrimonios, las hamburguesas. La vida es una enfermedad curable. Vivir es peligroso, sobre todo en la evidencia de la muerte de Dios, y en la promiscuidad de estas megalópolis, donde la soledad tiene millones de rostros. Los laboratorios de los ingenieros químicos modernos trabajan en el diseño de las drogas de ahora para mantener la soberanía del hechizo hoy. Contra el vacío, el cinismo rampante, el genocidio científico, la cosificación, las amenazas de pesadilla del control social, la trivialización de la vida por la televisión y el show debe continuar.
El malentendido, si no es una confabulación, que satanizó las drogas, beneficia burocracias brutales y poderosas. Un puercoespín de muchas púas. Carceleros. Siquiatras de las clínicas para los atrapados por la promesa. Los almacenes de narguiles.
Los fabricantes de precursores. Y la empresa febril de los cargueros suramericanos. Es el pecado convertido en un negocio redondo y desgraciado con muchos huérfanos y muertos.
La coca estigmatizada como otro sucio hábito de los pobres fue usada como instrumento político y como tráfico lucrativo desde los Pizarro en el Perú y los hacendados caucanos de los tiempos de nuestra independencia. Hace años, los misioneros aún arrancaban de los huertos aborígenes sus plantas sagradas. Ahora los curacas del yagé del Sibundoy y el ambil del Amazonas ofician en los apartamentos de Bogotá. Y los residuos de cocaína contaminan los ríos de las ciudades metropolitanas y hasta los bolsillos de los obispos yanquis.
En esta tragicómica situación, vale la pena retorcer el aforismo de Jean Cocteau en su diario de opiómano: no deberíamos curarnos de los estupefacientes sino de la estupidez.
* eleonescobar@hotmail.com


