El nuevo traje-contrato del gerente-emperador
Por: CARLOS ANDRÉS ECHEVERRY RESTREPO
Érase una vez el gerente-emperador de la empresa de Aseo, un hombre al que le gustaban tanto los contratos nuevos, que gastaba todas sus riquezas en ellos; su única ambición era la de estar siempre con el contrato de moda. Sus funcionarios no le importaban, y la salvación de la empresa no le entretenía; de hecho, lo único en lo que pensaba era en salir a la calle para mostrar sus nuevos contratos. Tenía uno para cada una de las horas del día.
Vivía en una ciudad alegre a la que todos los días llegaban contratistas procedentes de todo el mundo. Un día, en el 2004, llegaron los estafadores de SISE Ltda. Hicieron creer a todos que eran programadores informáticos y aseguraron poder diseñar el software para el trámite y control de las peticiones, quejas y reclamos (PQR) más avanzado que se pudiera imaginar. Dijeron, además, que vendría acompañado de la reorganización del Área Comercial de Aseo y que el programa informático se haría con insumos que tenían la cualidad mágica de ser invisibles a los ojos de las personas no aptas para sus cargos o imperdonablemente estúpidas, como el suscrito.
“Ese contrato debe ser maravilloso”, pensó el gerente-emperador. “Si usara un software de ésos podría descubrir cuáles de mis hombres son ineptos, y podría distinguir a los inteligentes de los tontos”. Y entregó por adelantado a SISE Ltda “de buena fe y cumpliendo lo pactado” una suma de 210 millones de pesos, para que se pusieran a trabajar sin demora. Los falsos programadores simularon trabajar con esmero, pero en los computadores no había nada.
“Me gustaría saber cómo les está yendo con la confección de mi nuevo software”, pensó el gerente-emperador. Pero se sintió inquieto al recordar que los hombres no aptos para sus cargos eran incapaces de verlo. Sin embargo, consideró oportuno enviar a otra persona para controlar el trabajo. “Asignaré al director de procesos comerciales”, pensó el gerente-emperador. “No hay quien pueda juzgar mejor el contrato, puesto que él es el interventor”.
El funcionario, luego de revisar las obligaciones asumidas por la sociedad de marras, se dio cuenta de que nunca fueron cumplidas a cabalidad: no se brindó la capacitación a los funcionarios, el acceso al programa informático presentó graves deficiencias técnicas que impidieron su adecuado funcionamiento y nunca entregaron la licencia del programa -requisito legal para su utilización. “¡Que el cielo nos ampare!”, pensó, y abrió grandes los ojos. “No veo nada en absoluto.” Pero no lo dijo. Los estafadores le pidieron que se acercara y le preguntaron, señalando los computadores vacíos, si no le parecían admirables el diseño y los colores. El pobre funcionario hizo su mayor esfuerzo, pero no pudo ver nada, puesto que no había nada que ver. ¡Dios mío!, ¿Acaso seré un estúpido?, ¿Será posible que sea inepto para mi cargo? –Pensó- ¿No tiene nada para decir? -dijo uno de los estafadores, mientas simulaba trabajar. ¡Oh! es muy hermoso, demasiado hermoso -respondió el funcionario-. ¡Qué bello diseño!, ¡qué colores más brillantes! Le diré al gerente-emperador que me gustó mucho.
La noche previa al día de la entrega, los estafadores consumieron más de dieciséis velas simulando trabajar. Todos creían que estaban abocados a terminar el nuevo traje-contrato del gerente-emperador. Simularon encender un computador sin monitor y escribir en un teclado sin teclas. El nuevo contrato ya está listo -anunciaron finalmente. El gerente-emperador se sentó frente a un computador, y los estafadores simularon usar el software. Lo miró desde todos los ángulos. ¡Se ve hermoso!, ¡qué bien nos sienta!, dijeron todos. ¡Qué magníficos colores!, ¡es un contrato de 210 millones realmente majestuoso!, sin embargo, no querían pasar por tontos pues realmente no veían nada. Mientras el gerente-emperador avanzaba, con computador en mano por toda la empresa de Aseo, los estafadores huyeron sin dejar rastro y los que lo veían gritaban admirados: ¡El nuevo contrato es inigualable!, ¡Qué bien nos queda! Nadie quería que el resto supiera que no veían nada, puesto que los habrían considerado inútiles o demasiado tontos, como al suscrito.
-¡Pero si ahí no hay nada! —se burló un valiente funcionario.
-¡Por Dios!, es cierto—dijo otro, y uno susurró al oído de otro lo que aquel había dicho.
-¡Al gerente-emperador lo tumbaron! —gritaron todos por fin.
Los gritos no causaron gran impresión al gerente-emperador, puesto que pensó: “Juan Manuel me perdonará, me dejará hasta el final y privatizará a la empresa para vestirnos de impunidad”. Y siguió llevando un computador con un software inexistente.
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Y colorín colorado a esta empresa la han acabado y privatizado, y ni el alcalde, ni los organismos de control han actuado, y los estafadores felices comieron perdices.
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