¿Un pulso entre duros?
Antonio Navarro Wolf.
Columnista de EL TIEMPO.
Si todo se reduce a quién echa más plomo o insulta mejor, estamos condenados a que se pierdan estos cuatro años.
Los calificativos del Presidente a tres comandantes de las Farc, “cobarde”, “terrorista”, “fantoche”, fueron el aliño a un discurso donde Uribe recalcó que vuelve a su posición de duro entre los duros en su política para buscar resolver el conflicto colombiano.
No voy a discutir ahora la equivocación del Presidente al meter en el mismo costal el acuerdo humanitario y la política de seguridad.
Anoto que, en mi criterio, ello es un grave error, que no solo pone en manos presidenciales por primera vez la vida de estas personas inocentes, sino que debilita políticamente la posición gubernamental.
La tesis de este análisis es que el bandazo del Presidente obedece a que está confundido, a que no tiene un diagnóstico acertado del momento que vive el conflicto colombiano y, por lo tanto, no sabe cómo manejarlo. Así lo demuestra su movimiento pendular entre la solución política y la guerra total. Pero ni lo uno ni lo otro, tal como el Presidente lo plantea, saca al conflicto del pantano de una guerra de perdedores, como la llamó un informe del Pnud.
Entre 1996 y fines de 1998, la iniciativa militar la tuvieron las Farc, que soñaron con la perspectiva de su victoria. De la toma de Mitú hasta la finalización de las conversaciones del Caguán en el2002, la iniciativa militar estuvo en disputa, retornando gradualmente a manos del Estado. Este fue un período militar-político, donde los resultados políticos dependían de la boca de los fusiles. Allí, el discurso de Uribe 2002 era semilla en tierra fértil.
Pero en los últimos años, una vez consolidada la recuperación de la iniciativa militar para el Estado, re-ocupada una extensa zona territorial por efecto del forzado repliegue guerrillero y conseguida la reingeniería de la Fuerza Pública, volvemos a una clásica guerra de guerrillas, de “muerde y huye”, cuyas características son de tipo político-militar, al contrario del período anterior.
El Presidente parecía consciente del cambio de situación cuando empezó a dar señales de interés en la paz hace cinco meses, aunque se movió con torpeza. Tal vez creyó que su sola expresión de voluntad de paz con ideas audaces como la Constituyente era suficiente para interesar a las Farc. Pero no pareció entender que en estos cuatro años esa guerrilla ha logrado lo que podríamos llamar “una victoria a la defensiva”. Si la meta del Gobierno, con la ayuda de Estados Unidos, era derrotarlas, como fue evidente en el 2003, el propósito guerrillero era que eso no sucediera.
Si la bomba de la semana pasada fue colocada por las Farc, ello es una prueba más de que están vivas y coleando. Y esa guerrilla, con una victoria en la mano, así sea parcial y relativa, es un hueso duro de roer. La actitud presidencial parece decir que si los de las Farc son duros, él es duro y medio. Pero ello no retorna las cosas al 2002. Lo que tampoco parece entender Uribe es que las soluciones del pasado ya no producen más, pues el conflicto está en una clara etapa político-militar y requiere un tratamiento de esa naturaleza.
Si queremos avanzar en su solución, necesitamos una estrategia mucho más elaborada, que incluya desarrollo rural, reforma agraria, inversión social en las zonas de conflicto, modificación de la política de fumigación, fortalecimiento de los gobiernos locales en las regiones rurales, supresión total del paramilitarismo, acuerdo humanitario y conversaciones de paz, al lado de la sólida presencia de la Fuerza Pública en todo el territorio nacional.
Si el pulso entre duros se reduce a quién echa más plomo o insulta mejor a su contendor, estamos condenados a que se pierdan estos cuatro años. Si las Farc son una guerrilla arcaica en un continente donde Evo Morales ganó las elecciones en la Bolivia donde murió el Che Guevara, Uribe 2006 ya es obsoleto si quiere seguir siendo Uribe 2002.
Antonio Navarro Wolf


