Colombia es un país alegre, pero no feliz
Tomado de El Tiempo
El país cuenta con una fuerza que le permite hacerles frente a las adversidades, a las exclusiones seculares y a la precariedad.
Alegre, tal vez; feliz, imposible
Lo que caracteriza a esta nación es una fuerza vital que le permite hacer frente a tantas adversidades.
Nunca he pretendido entender del todo este país que me adoptó tan generosamente y, aun después de 40 años de vivir y habitarlo, sé que siempre quedarán zonas oscuras que acepto con resignación. Al fin y al cabo no nací en estas tierras y los 25 primeros años de mi vida, que los pasé en la cuna de René Descartes y su Discurso del método, no me permiten, ni me permitirán jamás, entender del todo el trópico y su magia.
Y, sin embargo, creo conocer algo de Colombia y de su gente a través de sus mujeres. De ellas he escuchado dolores inimaginables y a través de sus relatos me he acercado a los estragos de las miles de guerras que han vivido, estragos grabados en sus pieles, en sus caras, en sus cuerpos, que cada día cuentan sus esperas sin esperanzas, sus sueños suspendidos en una realidad que les cierra el paso.
He hablado con viudas, con madres que ya no saben cómo procesar otro duelo, un nuevo duelo; he hablado con mujeres maltratadas por la vida, por una vida demasiado precaria, por un hombre y por una cultura implacable, que las prefiere mudas y calladas.
También, por supuesto, he oído sus risas, porque ellas son capaces de sonreír e incluso de reír en medio del dolor más tenaz. Pero la alegría es distinta a la felicidad. Y son alegres, a pesar de todo.
De vez en cuando, en una manifestación momentánea de placer, al rememorar algo del pasado, al escuchar una canción conocida o al ser escuchadas por alguien que les presta atención, la alegría entonces invade sus miradas, colorea sus mejillas y dibuja una sonrisa como algo que aún las habita, se exterioriza de repente y se niega a morir.
Pero no es ese estado de paz consigo mismo y con el mundo que genera serenidad, no es esta satisfacción interior, más espiritual, más profunda, que se llama felicidad. No. No puedo creer que Colombia sea el segundo país más feliz del mundo después de Vanuatu.
De Vanuatu lo creo porque nadie sabe dónde queda este pequeño archipiélago del Pacífico. Pero de Colombia, no puede ser. O puede ser y no entiendo nada. O tal vez la encuesta confunde alegría con felicidad. Y, desde mi mirada externa, Colombia no es un país feliz; claro que no lo es. Sus cien años de soledad son de una tristeza infinita.
En su calendario reciente están grabados -Los tiempos de la violencia- y hoy día se inventan nuevas violencias, nuevas guerras, nuevos duelos, maltratos y memorias dolorosas. Un país que tiene que ingeniarse reinados, realities y factores X para ocultar masacres, asesinatos, corrupción y pobreza no puede ser un país feliz.
Colombia es un país alegre, vital, olvidadizo y, como lo quisiera la consigna actual, Colombia es pasión. No obstante, ser pasión es un diagnóstico fatal. La pasión es una enfermedad tenaz. Su lógica es la muerte. Por lo menos cuando se trata de la pasión amorosa.
La pasión devora al otro; la pasión es una lenta asfixia; es un cáncer incurable que destruye inexorablemente. ¿Eso es Colombia? No lo sé.
Creo más bien que lo que caracteriza a esta nación es una fuerza vital que le permite hacer frente a tantas adversidades, a tantas exclusiones seculares y a una precariedad consuetudinaria. ¡Alegres, sí; felices, imposible!
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad
Florence Thomas



26 May, 2008 — alexander ramires — Escribió
gracias por t demostracion de lo que sabes de las farc pero es mejor que te quedes con la bocota callada att: alexander ramires si quieres llamarme llama al 8721788